lunes, 12 de septiembre de 2011

Noches.

Cada noche a su lado es un mundo. Cada sitio y cada momento lo puede convertir en perfecto con solo una caricia. Momentos de paz, de tranquilidad, de pasión, de locura. Una tras otra, las imágenes me vienen a la cabeza. Cuatro paredes de un hotel que vieron placer y más placer. Una cama pequeña con un dosel que sintió cada movimiento. La suspensión de un coche en un circuito en medio de la nada que se abaneaba. Un cielo estrellado que miraba como dos personas se entregaban en medio del bosque. Una habitación de un piso que vio horas de trabajo convertidas en horas de placer, de sueños realizados, de nuevas experiencias, de vicio y de deseo. Horas que parecieron minutos. Nunca antes esa chica lo habría imaginado. Estaba cansada, solo quería dormir con él pero al verlo allí acostado a su lado, en su cama, no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo. Con el morbo de poder ser pillados, el juego empezó. Caricias interminables que hacían que en cada palmo de su piel se estimularan todos sus nervios. Besos que recorrían su cuerpo encendiéndola, queriendo más. Miradas de deseo que le hacían enrojecer. Empezó a sentirla dentro, como nunca. Mientras él la agarraba por la cintura, por la cadera, por el pelo siguiendo cada movimiento que ella hacía. Posturas diferentes. Acercaba su cara a la de él y gemía en bajo pegada a su oreja. Él le decía cosas al oído que sabía que la volvían loca. Un orgasmo. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Podría haber seguido así toda la noche. Nunca nadie la había hecho enloquecer tanto y no quería parar. Cada orgasmo era mejorado con un "te quiero". No podía pedir más. Solo que no acabara nunca. A las cuatro de la mañana dos cuerpos se abrazaban entre las sábanas después de haber disfrutado de dos horas de locura. Su dulce locura. A la mañana siguiente su perfección seguía con ella. Durmiendo. Le relajaba verlo dormir. Horas más tarde y en otra cama seguían abrazados. No podía dejar de verlo, especialmente su espalda. Estaba acostado boca abajo con los hombros hacia atrás marcando los músculos de su espalda y dejando ver ese tatuaje que tan bien le quedaba y tanto le ponía a ella. Se quedaba maravillada pensando que ese hombre había sido suyo la noche anterior y no podía dejar de pensar las muchas más noches que serían así o mejores. Simplemente era perfecto.

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